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Un Verdadero Gran Hombre

Un maravilloso cuento atemporal que ayuda a nuestra memoria a guiar nuestras vidas.

Un Verdadero Gran Hombre

Hubo una vez un rey muy egoísta e inmaduro. Él pensaba que era el más grande y mejor rey que jamás había existido. Amaba ser rey y amaba poder decirle a la gente qué hacer. Pensaba que era rey porque era la mejor persona que jamás había vivido.

Un día este rey decidió consultar a su consejero. Lo mando a llamar y le preguntó:

-¿Existe alguien más feliz que yo? ¿Hay alguien más poderoso que yo, más agraciado que yo?

-Sí, su majestad, hay muchos- el consejero contestó - y también viven en su reino.

Esto sorprendió mucho al rey, quien exclamó:

-¡¿Qué?! ¿Cómo puede ser eso? ¿Realmente hay gente en mi reino que sea más rica de lo que yo soy? ¿Realmente hay gente más grandiosa de lo que yo soy? ¿Existe gente más feliz de lo que yo soy? Si realmente hay alguien que sea mejor que yo, entonces ¿Por qué no es rey en lugar mío?

-Su majestad- dijo el consejero- estas personas no quieren ser el rey.

-¿Cómo puede ser eso? – el rey dio sorprendido-. No te creo. Muéstrame sólo una persona que sea más grandiosa que yo.

Así fue como a la mañana siguiente, ellos cambiaron sus ropas y se vistieron para parecer gente común y corriente. Montaron sus caballos y cabalgaron hasta que llegaron a una casita en lo más profundo del bosque. El consejero dijo:

-Esta es la casa donde vive un hombre muy santo, Señor. Él es una de las personas de las que le he hablado. Una vez que estemos adentro déjeme hablar y usted solamente observe. Será mejor si no dice absolutamente nada.

Desmontaron, ataron sus caballos a dos arboles. Entraron a la casa que consistía de una sola habitación, sencillamente amueblada con una mesa, dos sillas y un catre. Una vez dentro, se encontraron cara a cara con un sujeto muy anciano, de larga cabellera.

Se sentaron. El consejero habló:

-Hemos viajado una gran distancia y estamos muy, muy hambrientos. Pensamos que ya que esta es la casa de un hombre de Dios, posiblemente podríamos obtener aquí algo de comer.

-No se preocupen, no se preocupen, no se preocupen. Tendrán todo, tendrán todo, tendrán todo- dijo esto cerca de cuatro o cinco veces. Luego el santo salió de la habitación.

El rey miró con disgusto alrededor de la pequeña habitación sin decoración. Tan pronto cuando estuvieron solos, le preguntó a su consejero:

-Entonces ¿Es aquí donde me has traido? ¿Es este el hombre más rico, más feliz y grandioso que yo? ¡Nada más ve este lugar! Porque esta casa no es ni siquiera tan grande como la cocina de mi palacio.

El consejero suspiró y dijo:

-Tenga paciencia, su alteza, y vea lo que pasa.

Cuando finalmente el santo regresó cerca de quince minutos más tarde, se río y dijo:

-jajaja, Dios es muy misericordioso. ¡Hay tanto que no lo creerán! Cierren sus ojos, tomen asiento y mediten en su Gracia.

Entonces cerraron sus ojos y el rey pensó:

-Tal vez este hombre va a producir un milagro. Tal vez me traerá oro y rubíes y joyas hermosas- Se estaba volviendo codicioso.

Todos se sentaron y estuvieron muy meditativos. Después de unos momentos, el santo dijo:

-Dios ha sido tan amable. Ahora coman, amigos.

Ambos abrieron los ojos. El rey miró a su alrededor y vio que colocada frente a él había una comida muy raquítica de solo medio plátano sobre una hoja, casi una cuarta parte de un viejo y seco chapati (pan típico de la india) y algún pepinillo. El santo continuó hablando.

-Dios ha sido muy compasivo y muy benévolo. Normalmente no tomamos comida en la mañana, pero como ustedes nos han favorecido con su visita, todo esto sobró. Normalmente los perros se lo llevan, pero algo se ha salvado y es todo para ustedes. Esto es muy hermoso y estoy muy feliz de que hayan venido.

Después de esto, el rey desquiciado, miró coléricamente a su consejero. Estaba acostumbrado a que le sirvieran comidas de siete platillos, de los más finos alimentos. Estaba acostumbrado a que sus alimentos le fueran traídos en vajillas de la plata más fina existente. Simplemente no podía creer lo que le pasaba, despreciando la parca comida servida sobre una hoja marchita. Pensó: “¿¿¿Cabalgué todo este camino sólo para que me sirvieran tan repugnante y frugal desayuno???”.

El consejero le murmuró:

-Su majestad, no sea tonto. Solo coma como yo lo hago, de otra manera este hombre descubrirá quien es usted. ¡Empiece a comer!

A regañadientes, el rey tomó el plátano y lo mordió. Empezó a masticar y masticar, y para su sorpresa la porción en su boca continuaba multiplicándose y multiplicándose. Después de casi media hora ¡el rey no había terminado con ese solo bocado! El consejero miró al rey y le dijo:

-¡Termínelo!

-Oh Dios mío- el rey dijo- ese bocado se ha multiplicado en sesenta plátanos. Y si tomo una mordida de ese chapati, se convertirá en una docena de hogazas de pan! ¡No voy a comerla!

Poco después, tras masticar y masticar, sorpresivamente se dio cuenta del milagro que estaba sucediendo. El orgullo de ser un rey poderoso lo abandonó. Se sintió totalmente humilde ante este sencillo hombre de Dios. El rey sólo cayó sobre su ombligo y tocó los pies de ese santo. Humildemente dijo:

-Su gracia, oh hombre de Dios, un favor más. No soy nada comparado contigo. Yo soy polvo. Perdóname y hazme tu discípulo. Yo soy rey de esta tierra, es verdad, pero ¿Cómo puedo regresar a mi palacio? No puedo. En mi palacio un plátano es un plátano, y aquí un bocado es igual a plátanos y plátanos y plátanos.

El santo miró al rey y dijo:

-Rey, a ti te ha sido dado un trabajo por hacer y tú tienes que hacer lo que tienes que hacer. Yo, que soy un hombre santo, debo hacer lo que tengo que hacer. Pero hay una cosa que todos podemos hacer para ser verdaderamente grandiosos.

El rey miró hacia arriba dentro de los compasivos ojos de este sencillo hombre de larga cabellera.

-¿Qué es?- preguntó.

-Tú, como rey, puedes llegar a ser un hombre amable, un hombre amoroso y un hombre compasivo, viendo a todo y a todos como parte del Dios Infinito. Y yo puedo hacer lo mismo como un hombre de Dios.

El rey asintió con la cabeza en señal de aceptación. Con esta nueva concepción, silenciosamente se levantó, salió y montó en su caballo. Acompañado por su consejero, cabalgó de regreso al palacio, convertido en una persona más humilde y un tanto más sabia, a raíz de toda esa experiencia.

Yogui Bhajan.

 

Fuente: 72 historias para sobre Dios, el bien y los bienes. Cuentos de Yogui Bhajan.

 

 

 

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