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El Hombre que Plantaba Arboles

Un hermoso cuento que despierta el amor por plantar árboles. ¡Que lo disfrutes! 

Si uno quiere descubrir cualidades realmente excepcionales en el carácter de un ser humano, debe tener el tiempo o la oportunidad de observar su comportamiento durante varios años. Si este comportamiento no es egoísta, si está presidido por una generosidad sin límites, si es tan obvio que no hay afán de recompensa, y además ha dejado una huella visible en la tierra, entonces no cabe equivocación posible.

Hace muchos años hice un viaje a pie por las montañas, casi desconocidas por los viajeros, de esa región de los Alpes franceses que penetra en la Provenza. Comenzó en los páramos estériles, de unos 1200 a 1300 metros de altitud, landas desnudas y monótonas. Allí sólo crece lavanda silvestre

La ruta atravesaba la región en toda su extensión y, tras tres días de marcha, me encontré en un yermo indescriptiblemente desolado. Acampé cerca de lo que quedaba de un pueblo abandonado. El día anterior se me acabó el agua y necesitaba encontrar más. Las casas aglomeradas, que aunque en ruinas me recordaban a un viejo nido de avispas, me hacían pensar que una vez debió haber una fuente o quizás un pozo. Había una fuente, pero seca. Las casas sin techo, roídas por el viento y la lluvia, la pequeña capilla con el campanario derrumbado, estaban dispuestas como las casas y las capillas en los pueblos vivos, pero toda vida había desaparecido.

Era un día de junio soleado y despejado, pero, en estas tierras sin refugio y alzadas hacia el cielo, el viento soplaba con una brutalidad insoportable. Sus rugidos en las ruinas eran los de una fiera molestada mientras come. Tuve que levantar campamento.

A las cinco horas no había encontrado agua ni nada que me diera la esperanza de encontrarla. Por todos lados la misma sequedad, las mismas hierbas leñosas. A lo lejos creí ver una pequeña silueta negra erguida. La tomé por el tronco de un árbol solitario. Por si acaso, me dirigí hacia ella. Era un pastor. Unas treinta ovejas descansaban en la tierra seca.

Me hizo beber de su cantimplora y, un poco más tarde, me condujo a su aprisco, en una ondulación de la planicie. Extraía su agua, excelente, de un pozo natural muy profundo, en el que había instalado un torno de mano rudimentario.

Este hombre hablaba poco. Es típico de los solitarios, pero él parecía seguro de sí, y confiado en esta seguridad. Era insólito en este país despojado de todo. No vivía en una cabaña sino en una verdadera casa de piedra, cuyos muros mostraban claramente cómo su trabajo había detenido la ruina que fue una vez. El techo era sólido e impermeable. El viento sobre las tejas sonaba como el mar en la costa.

El lugar estaba en orden, la vajilla lavada, el suelo barrido, su fusil engrasado; la sopa hervía en el fuego. Noté que estaba bien rasurado, que sus botones estaban bien cosidos, que su ropa estaba remendada con esa minuciosidad que hace invisibles los remiendos. Compartió conmigo su sopa. Cuando le ofrecí mi petaca me dijo que no fumaba. El perro, silencioso como su amo, era amable sin ser servil.

Desde el principio quedó claro que yo pasaría la noche allí; el pueblo más próximo estaba a dos días de camino. Los pueblos de esta región eran pocos y distantes, y yo sabía bien cómo eran. Había cuatro o cinco dispersos sobre las faldas de esas colinas, cada uno en un extremo de una carretera, entre sotos de robles blancos.

Vivían leñadores que fabricaban carbón vegetal. La vida era pobre. Las familias, apiñadas en un clima muy duro en verano y en invierno, se encontraban una lucha por sobrevivir amarga por culpa del aislamiento. No existía alivio. El deseo continuo de escapar se convertía en una ambición enloquecedora.

Interminablemente, los hombres transportaban carbón en carros a la ciudad y luego retornaban. Los caracteres más estables se quebraban bajo esta perpetua presión. Las mujeres hervían a fuego lento sus rencores. Había rivalidad para todo, tanto para la venta de carbón como para el banco de la iglesia, para las virtudes que se combatían ente ellas, para la mezcolanza de vicios y virtudes, sin descanso. Y sobre todo estaba el viento, que incesantemente irritaba los nervios. Había epidemias de suicidios y muchos casos de locura, que casi siempre terminaban en asesinato.

El pastor que no fumaba fue por un pequeño saco y vació en la mesa una pila de bellotas. Se puso a examinarlas de una en una con atención, separando las buenas de las malas. Yo fumaba mi pipa. Me ofrecí a ayudarle pero me dijo que era trabajo suyo. Viendo el cuidado que ponía, no insistí. Esa fue toda nuestra conversación. Cuando hubo apartado una pila de bellotas gruesas, contó grupos de diez. Al hacerlo, eliminó las más pequeñas y las agrietadas, pues ahora las examinaba muy, muy de cerca. Cuando tuvo delante de sí cien bellotas perfectas, se detuvo y nos fuimos a acostar.

La compañía de este hombre infundía una paz profunda. A la mañana siguiente le pedí permiso para descansar allí todo el día. Lo encontró muy natural, o, para ser más exacto, me dio la impresión de que nada podría trastornarle. El descanso no era absolutamente necesario, pero yo estaba intrigado y quería saber más. Hizo salir a su majada y la llevó a pastar. Antes de partir cogió el pequeño saco que tenía las bellotas tan cuidadosamente elegidas y contadas, y lo puso a remojo en un cubo de agua.

Advertí que como bastón portaba una barra de hierro del grueso de un pulgar y tan alta como mi hombro. Haciendo que paseaba le seguí de lejos, por un camino paralelo al suyo. Sus animales pastaban en el fondo de un valle. Los dejó al cuidado del perro y comenzó a subir hacia mí. Temí que viniera a reprocharme mi indiscreción, pero no, ese era su camino y me invitó a acompañarle si yo no tenía nada mejor que hacer. Ascendió un poco más, a lo alto de la colina.

Una vez llegados al lugar que deseaba alcanzar, clavó su barra de hierro en la tierra. Hizo un agujero, puso una bellota, y luego lo rellenó. Plantaba robles. Le pregunté si la tierra le pertenecía. Me respondió que no. ¿Sabía quiénes eran sus dueños? No lo sabía. Suponía que era tierra comunal, de la parroquia, o que podía ser propiedad de personas que no se preocupaban por ella. No era asunto suyo. Así, con cuidado infinito, plantó sus cien bellotas.

Después del almuerzo, volvió a escoger más bellotas. Supongo que debo de haber insistido mucho con mis preguntas, porque me contestó. Durante tres años había plantado árboles en esa región desolada. Había plantado cien mil. De éstos, veinte mil habían brotado. De estos veinte mil, contaba aún con perder la mitad, por culpa de los roedores o de todo lo que es imprevisible en los designios de la providencia. Quedaban diez mil robles que crecerían en ese paraje donde antes no había nada.

Entonces me pregunté su edad. Tenía visiblemente más de cincuenta años. Cincuenta y cinco, me dijo. Se llamaba Elezéard Bouffierd. Había tenido una granja en las planicies. Había sido su vida.

Había perdido a su único hijo, luego a su mujer. Se había retirado a la soledad, se contentaba con vivir tranquilo, con sus ovejas y su perro. Opinaba que esa tierra se moría por falta de árboles. Agregó que, no teniendo ocupaciones importantes, se había propuesto remediar este estado de las cosas.

Yo era joven y sólo pensaba en el futuro, y en lo que me afectaba a mí y mi búsqueda de felicidad. Le dije que, en treinta años, esos diez mil robles serían magníficos. Me respondió simplemente que, si Dios le daba vida, en treinta años plantaría tantos otros que los diez mil serían como una gota de agua en el mar.

Además estaba estudiando la reproducción de las hayas y tenía junto a su casa un vivero de hayucos. Eran muy hermosos. Había pensado igualmente en los abedules para lugares donde, me dijo, había algo de humedad a pocos metros de la superficie.

Al día siguiente nos separamos. Al año siguiente vino la Primera Guerra Mundial, en la que me vi envuelto durante cinco años. Un soldado de infantería apenas puede reflexionar sobre los árboles. Tras la desmovilización me encontré en posesión de una pequeña prima, y con un gran deseo de aire puro. Este era mi único pensamiento cuando retomé el camino de las tierras desérticas.

La región no había cambiado. No obstante, más allá del pueblo muerto, divisé en la lontananza una especie de bruma grisácea que recubría las colinas como un tapiz. El pastor que plantaba árboles había ocupado mi mente desde el día anterior. "Diez mil árboles -pensé- precisan mucho espacio".

Había visto morir a tanta gente durante cinco años que era fácil imaginar también la muerte de Elezéard Bouffier, en especial cuando, a los veinte, uno considera a los hombres de cincuenta como viejos sin nada que hacer en la vida más que morirse.

No había muerto. Había cambiado de oficio. No tenía más que cuatro ovejas pero, en cambio, un centenar de colmenas. Había dejado las ovejas porque ponían en peligro sus plantaciones de árboles. La guerra no le estorbó. Había continuado plantando.

Los robles de 1910 tenían diez años y eran más altos que nosotros dos. El espectáculo era impresionante. Yo no tenía palabras y, como él no hablaba, nos pasamos todo el día en silencio mientras paseábamos por su bosque. Tenía tres secciones, once kilómetros de longitud y tres en la parte más ancha. Cuando recordé que todo había salido de las manos y el alma de ese hombre, sin ayuda mecánica, me pareció que los hombres pueden ser tan eficaces como Dios en otras tareas que no sean la destrucción.

Él había seguido su plan, y las hayas que me llegaban al hombro, expandiéndose hasta donde alcanzaba la vista, lo testimoniaban. Los robles eran tupidos y había pasado la época en que estaban a merced de los roedores; la Providencia hubiera necesitado un ciclón para destruir esta obra humana. Me mostró bosquecillos de abedules que tenían cinco años, es decir de 1915, cuando yo combatía en Verdún. Los situó en las hondonadas donde suponía, con razón, que había humedad a flor de tierra. Eran delicados como niños, tiernos pero firmes y seguros.

La creación parecía haber actuado en una secuencia natural. El no se preocupaba, él proseguía obstinadamente su simple tarea. Al regresar al pueblo, vi correr agua por arroyos que habían estado secos desde que el hombre tenía memoria. Era el efecto más impresionante un ciclo natural de creación que yo había visto.

Esos arroyos secos habían llevado agua hacía mucho, mucho tiempo. Algunos de los tristes pueblos de los que he hablado al principio estaban construidos sobre villas romanas; los arqueólogos habían excavado y encontrado anzuelos, mientras que en el siglo XX, se necesitaban cisternas para tener sólo un poco de agua.

El viento había dispersado semillas. Al mismo tiempo que el agua reaparecía, reaparecían los sauces, los mimbres, los prados, los jardines, las flores y una razón de vivir. Pero la transformación era tan gradual que se daba por sentado. Desde luego, los cazadores que escalaban esas soledades persiguiendo liebres o jabalíes habían constatado el aumento de los arbolitos, pero lo habían atribuido a un capricho de la naturaleza.

Es por ello que nadie había tocado la obra del pastor. Si hubieran sospechado que era obra humana, hubieran interferido. ¿Pero quién habría siquiera pensado en él? ¿Quién en los pueblos o las autoridades podría imaginar una generosidad tan constante y magnífica?

Cada año a partir de 1920 hice una visita a Elezéard Bouffier. Nunca le vi flaquear ni dudar. Y Dios sabe que a menudo parecía que el mismo cielo estaba contra él. Nunca intenté imaginar sus frustraciones, pero alcanzar un objetivo así es necesario superar muchos obstáculos. Para obtener la victoria de esa pasión, debe haber luchado y conquistado la desesperación.

Hay que recordar que este hombre excepcional trabajaba en soledad total; tan total que, hacia el fin de su vida, había perdido la costumbre de hablar. O quizás no veía la necesidad de hacerlo.

En 1933 recibió la visita de unos guardabosques asombrados. Le notificó que había orden de no hacer fuegos que pudieran poner en peligro el crecimiento de este bosque natural. Era la primera vez, dijo aquel hombre ingenuamente, que veía que un bosque crecía solo. 

En 1935 una delegación de autoridades vino a examinar el "bosque natural". Había un importante funcionario de Aguas y Bosques, un diputado y algunos técnicos. Se habló mucho. Decidieron que había que hacer algo. Por suerte no se hizo nada, excepto la única cosa útil: poner el bosque bajo la protección del Estado y prohibir las barbacoas. Era imposible no admirar la belleza de los jóvenes árboles. Ejercieron todo su encanto sobre el diputado.

Un oficial forestal de la delegación era mi amigo y le expliqué el misterio. La semana siguiente salimos en busca de Elezéard Bouffier. Trabajaba duro a veinte kilómetros del lugar de la inspección.

Yo tenía razón sobre el oficial forestal. Conocía el valor de las cosas. Ofrecí huevos que había traído como presente. Compartimos la comida y pasamos horas en contemplación muda del paisaje. Por donde habíamos venido había árboles cuatro veces tan altos como nosotros. Yo recordaba el aspecto en 1913, desolado...

El trabajo apacible y regular, el vigoroso aire de la montaña, la frugalidad, y sobre todo, la serenidad del alma, habían dado a este viejo una salud casi solemne. Era un atleta de Dios. Me pregunté cuántas hectáreas más cubriría aún de árboles.

Antes de partir mi amigo hizo una sugerencia sobre especies apropiadas para el terreno. No insistió. "Por una buena razón -me dijo más tarde-, porque este hombre sabe más que yo". Debió seguir pensándolo, porque al cabo de una hora de camino agregó: "Él sabe más que nadie en el mundo. ¡Ha encontrado una maravillosa forma de ser feliz!"

Gracias a este oficial no sólo el bosque, sino también la felicidad de Elezéard Bouffier fueron protegidos.

El único peligro fue en la Segunda Guerra Mundial. Los automóviles andaban con generadores que quemaban madera, y nunca había suficiente. Se efectuaron talas de los robles de 1910, pero la región estaba mal comunicada y la empresa no resultó rentable. Fue abandonada. El pastor no se enteró. Estaba a treinta kilómetros, continuando apaciblemente su tarea, ignorando la guerra del 39 como había ignorado la del 14.

Vi a Elezéard Bouffier por última vez en junio de 1945. Tenía ochenta y siete años. Retomé la ruta de la región estéril; pero ahora, a pesar de los estragos de la guerra, había un autobús entre el valle de Durante y la montaña. Atribuí a este transporte relativamente rápido el no reconocer los lugares de mis primeros viajes. Necesité ver el nombre de un pueblo para darme cuenta de que estaba en la región antaño arruinada y desolada. El autobús me dejó en Vergons.

En 1913, este poblado de diez o doce casas tenía tres habitantes. Eran criaturas salvajes que vivían de poner trampas para animales. Eran gentes sin esperanza.

Todo era distinto, incluso el aire. En lugar del antiguo viento seco y áspero, soplaba una brisa suave cargada de aromas. Un ruido semejante al agua llegaba de las montañas. Era el viento a través del bosque. Pero, aun más sorprendente, escuché otro sonido de agua. Vi que habían construido una fuente, y que el agua fluía abundante, y que alguien había plantado junto a ella un tilo, un símbolo perfecto de renacimiento.

Vergons mostraba evidencias de ese trabajo que sólo la esperanza inspira. La esperanza había vuelto. Habían despejado las ruinas y derribado las paredes derruidas. Las nuevas casas, con su revoque aún fresco, estaban rodeadas de jardines donde se mezclaban legumbres y flores, coles y rosales, puerros y dragones, apios y anémonas. Era ahora un lugar donde uno querría vivir.

Continué a pie. La guerra estaba demasiado reciente para la expansión total de la vida, pero Lázaro había salido de la tumba. En las laderas bajas vi pequeños campos de cebada y centeno; en lo profundo de los valles verdeaban algunas praderas.

Sólo ocho años nos separaba de esta época en que todo el país resplandecía de salud y prosperidad. Donde vi ruinas en 1913 se elevaban ahora granjas limpias, bien enlucidas, pruebas de una vida feliz y confortable. Los viejos cauces, alimentados por las lluvias y las nieves que retenían los bosques, Volvían a correr. Cada granja tenía su fuente, que desbordaba sobre los tapices de menta silvestre. Los pueblos fueron reconstruidos poco a poco. La gente había venido a establecerse de las planicies, donde la tierra era cara, trayendo juventud, vida y el espíritu de aventura. Uno encontraba en los caminos hombres y mujeres sanos, niños y niñas riendo que disfrutaban las fiestas campesinas. Contando la antigua población, muy cambiada desde que vivían mejor, y los recién llegados, más de diez mil personas debían su felicidad a Elezéard Bouffier.

Cuando pienso que un hombre, un cuerpo y un espíritu, se bastó para hacer del desierto una tierra de Canaán, me convenzo de que, a pesar de todo, el destino del hombre puede ser maravilloso. Pero cuando considero la determinación apasionada, la infalible generosidad de espíritu que hizo falta para lograr este resultado, me lleno de admiración por ese viejo inculto que fue capaz de completar una tarea digna de Dios.

Elzéard Bouffier murió apaciblemente en Banon en 1947.    

Jean Giono.                                      

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