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Cuatro cuentos del Buda

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 Hermosos cuentos del Buda, ...que tocan tu corazón.

 

Después de varios días con emociones de enojo, enfado, dolor, tristeza… hubo un momento en el que, cansado me rendí y me entregué a lo que sucediera. Había cedido cualquier resistencia.

 

y entonces llegaron cuatro cuentos del BUDA, por medio de una gran amiga; … los escuché atentamente.

 

Y algo cambio en mí. Los mensajes calaron hondo, tocaron mi corazón. Sentí un gran alivio en el área del pecho y me sentí liberado, y con una agradable sensación.

 

El corazón, que estaba como una tierra seca, y se nutrió con el agua fresca de las enseñanzas de Buda, y estoy muy agradecido.

 

¡Ahora a seguir que hay muchas cosas por hacer!

 

Ahí van los cuentos, con la ilusión de que los disfrutes y te toquen de alguna manera.

 

Un abrazo grande y gracias por el animo.

 

 

DESAFIO

Es imprescindible un poco de lucha. Las tormentas con sus truenos, relámpagos y tristezas, nos enriquecen tanto como la felicidad y la alegría. Oí una parábola antigua. Y debe ser muy antigua porque en aquellos días Dios acostumbraba a vivir en la tierra. Un día un viejo campesino fue a verle y le dijo: ―Mira, tú debes ser Dios y debes haber creado el mundo, pero hay una cosa que tengo que decirte: No eres un campesino, no conoces ni siquiera el ABC de la agricultura. Tienes algo que aprender. Dios dijo: ―¿Cuál es tu consejo? El granjero dijo: Dame un año y déjame que las cosas se hagan como yo quiero y veamos qué pasa. La pobreza no existirá más. Dios aceptó y le concedió al campesino un año. Naturalmente pidió lo mejor y solo lo mejor: ni tormentas, ni ventarrones, ni peligros para el grano. Todo confortable, cómodo y él era muy feliz. El trigo crecía altísimo. Cuando quería sol, había sol; cuando quería lluvia, había tanta lluvia como hiciera falta. Este año todo fue perfecto, matemáticamente perfecto. El trigo crecía tan alto….que el granjero fue a ver a Dios y le dijo:¡Mira! esta vez tendremos tanto grano que si la gente no trabaja en diez años, aún así tendremos comida suficiente. Pero cuando se recogieron los granos estaban vacios. El granjero se sorprendió. Le preguntó a Dios :¿Qué pasó, qué error hubo?. Dios dijo: Como no hubo desafío, no hubo conflicto, ni fricción, como tu evitaste todo lo que era malo, el trigo se volvió impotente. Un poco de lucha es imprescindible. Las tormentas, los truenos, los relámpagos, son necesarios, porque sacuden el alma dentro del trigo. La noche es tan necesaria como el día y los días de tristeza son tan esenciales como los días de felicidad. A esto se le llama entendimiento. Entendiendo este secreto descubrirás cuán grande es la belleza de la vida, cuanta riqueza llueve sobre tí en todo momento, dejando de sentirte miserable porque las cosas no van de acuerdo con tus deseos.

INTELIGENCIA.

Usa tu inteligencia para buscar las cosas donde están y no donde no están, incluso si está oscuro. Busca dentro de tí. Una tarde la gente vio a Rabiya buscando algo en la calle frente a su choza. Todos se acercaron a la pobre anciana, ¿Qué pasa?-le preguntaron-¿qué estás buscando?. ―Perdí mi aguja, dijo ella. Y todos la ayudaron a buscarla. Pero alguien le preguntó: ―Rabiya, la calle es larga, pronto no habrá más luz. Una aguja es algo muy pequeño ¿porqué no nos dices exactamente dónde se te cayó?. ―Dentro de mi casa, dijo Rabiya. ―¿Te has vuelto loca?-preguntó la gente-Si la aguja se te ha caído dentro de tu casa, ¿porqué la buscas aquí afuera?. ―Porque aquí hay luz, dentro de la casa no hay. ―Pero aún habiendo luz, ¿cómo podremos encontrar la aguja aquí si no es aquí donde la has perdido? Lo correcto sería llevar una lámpara a la casa y buscar allí la aguja. Y Rabiya se rió. ―Sois tan inteligentes para las cosas pequeñas ¿cuándo vais a utilizar esta inteligencia para vuestra vida interior? Os he visto a todos buscando afuera y yo sé perfectamente bien, lo sé por mi propia experiencia que lo que buscáis está perdido dentro. Usad vuestra inteligencia ¿porqué buscáis la felicidad en el mundo externo? ¿Acaso lo habéis perdido allí?. Se quedaron sin palabras y Rabiya desapareció dentro de su casa.

NI TÚ NI YO SOMOS LOS MISMOS

El Buda fue el hombre más despierto de su época. Nadie como él comprendió el sufrimiento humano y desarrolló la benevolencia y la compasión. Entre sus primos, se encontraba el perverso Devadatta, siempre celoso del maestro y empeñado en desacreditarlo e incluso dispuesto amatarlo. Cierto día que el Buda estaba paseando tranquilamente, Devadatta, a su paso, le arrojó una pesada roca desde la cima de una colina, con la intención de acabar con su vida. Sin embargo, la roca sólo cayó al lado del Buda y Devadatta no pudo conseguir su objetivo. El Buda se dio cuenta de lo sucedido y permaneció impasible, sin perder la sonrisa de los labios. Días después, el Buda se cruzó con su primo y lo saludó afectuosamente. Muy sorprendido, Devadatta preguntó: -¿No estás enfadado, señor? -No, claro que no. Sin salir de su asombro, inquirió: -¿Por qué? Y el Buda dijo: -Porque ni tú eres ya el que arrojó la roca, ni yo soy ya el que estaba allí cuando fue arrojada. El Maestro dice: Para el que sabe ver, todo es transitorio; para el que sabe amar, todo es perdonable.

EL VALOR DE LAS COSAS

Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más? El maestro, sin mirarlo, le dijo: -Cuánto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema. Quizás después…- y haciendo una pausa agregó: Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar. -E…encantado, maestro -titubeó el joven pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas. -Bien-asintió el maestro. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo pequeño de la mano izquierda y dándoselo al muchacho, agregó- toma el caballo que está allí afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Vete ya y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas. El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo. Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara y sólo un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo. En afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro, y rechazó la oferta. Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado -más de cien personas- y abatido por su fracaso, monto su caballo y regresó. Cuánto hubiera deseado el joven tener él mismo esa moneda de oro. Podría entonces habérsela entregado al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda. Entró en la habitación. -Maestro -dijo- lo siento, no es posible conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo. -Qué importante lo que dijiste, joven amigo -contestó sonriente el maestro-. Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él, para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuanto te da por él. Pero no importa lo que te ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo. El joven volvió a cabalgar. El joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo: -Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya, no puedo darle más que 58 monedas de oro por su anillo. -¡¿58 monedas?!-exclamó el joven. -Sí -replicó el joyero- Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé… si la venta es urgente… El Joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido. -Siéntate -dijo el maestro después de escucharlo-. Tú eres como este anillo: una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor? Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño de su mano izquierda.

 

EL SANTO Y EL LADRÓN 

Este cuento no es de buda, pero tiene un mensaje muy profundo.

Érase una vez un ladrón singularmente malo y cruel. Los textos antiguos no nos revelan su nombre. Se sabe que vivió en el período Heian (794-1185), durante el reinado del sabio emperador Go-Sanjo Tenno, poco después del año mil. 

En aquella época vivía en los alrededores de un templo perdido en el bosque, un monje conocido por su gran sabiduría, llamado Shichiri Kojun. Aquella noche, el santo estaba solo. Recitaba sutras a los pies de una estatua de Buda. De pronto, la puerta del templo se abre de golpe. Un hombre de aspecto terrorífico, toscamente vestido, irrumpe en la sala de oraciones. Pone en el cuello de Shichiri su larga y afilada espada: 

«¡Monje! -vocifera- ¡dame el dinero de las ofrendas o te corto la cabeza y la hago rodar al pie de los altares!» Shichiri estaba instalado en Siddhasana (la postura perfecta), con la espalda recta y las rodillas dobladas. Mantuvo su postura y no se estremeció ni un músculo de su rostro: 

«Toma el dinero que hay en el vaso de las ofrendas -dijo-, y no me molestes en mis oraciones». 

Y reanudó la recitación de los sutras. 

El ladrón se dirigió hacia el lugar indicado y empezó a llenarse los bolsillos.

Al cabo de un momento, sin volver la cabeza, el monje dijo: 

«No te lleves todo el dinero, que mañana por la mañana tengo que pagar el impuesto del templo». 

El ladrón, impresionado por la firmeza de la voz y la sangre fría imperturbable del monje, dejó a regañadientes un poco de dinero en el fondo del vaso de las ofrendas. 

Ya se iba con su botín cuando el monje le dijo: 

«Cuando se recibe un regalo hay que dar las gracias. ¡Hazlo!» 

El ladrón, subyugado, murmuró vagamente unas palabras de agradecimiento y desapareció. 

Un año más tarde el ladrón fue detenido. Entre otras fechorías, confesó el robo cometido en el templo, delito que se castigaba con la muerte. Confrontado con el monje, oyó con estupor que declaraba: 

«Yo, Shichiri, declaro que este hombre no profanó el templo, yo le di una gran parte del dinero de las ofrendas y él me dio las gracias; todo está en orden». 

El ladrón fue condenado a tan sólo cinco años de prisión. Cuando le pusieron en libertad fue a ver a Shichiri en el templo perdido en el bosque, y se convirtió en su discípulo. A lo largo de los años, los visitantes y los peregrinos admiraron su profunda piedad. Así lo cuentan las historias del pasado. 

 

 

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